Proverbios 22:6 (RVR60)

Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.

A lo largo de los siglos, este versículo ha sido un punto de referencia para comprender la importancia de la formación en la niñez.
Más que una frase memorable, es un principio: aquello que se siembra temprano tiende a marcar la dirección de toda una vida.

Formar con propósito

El texto habla de “su camino”, una expresión que invita a orientar al niño de acuerdo con su carácter, su vocación y su diseño individual.
Educar no es uniformar, sino acompañar para que cada niño descubra quién es y cuál es el propósito que Dios ha trazado para él.

Esta formación implica instrucción, pero también ejemplo. Los niños aprenden tanto de las palabras como de las acciones de los adultos que los rodean.
La coherencia entre lo que se enseña y lo que se vive es una de las herramientas más poderosas para construir cimientos sólidos.

Influencia que trasciende el tiempo

El proverbio no plantea una garantía mecánica, sino un principio de sabiduría: las enseñanzas recibidas con amor, repetición y paciencia dejan una marca profunda.
Incluso cuando las circunstancias o las decisiones personales lleven a la persona a enfrentarse a desafíos, lo aprendido en la niñez actúa como un recordatorio silencioso que puede conducir de nuevo al buen camino.
La formación temprana no solo moldea el comportamiento, sino también la conciencia, la identidad y la capacidad de tomar decisiones sabias.

Por eso, invertir en la niñez es sembrar en tierra fértil.

Un llamado a acompañar

Este versículo invita a asumir con seriedad el papel de padres, educadores y líderes al momento de acompañar a las nuevas generaciones.  La instrucción temprana no es solo un deber, sino también un privilegio: participar en la construcción de vidas que, con el paso del tiempo, reflejarán los valores que un día les fueron enseñados.